Érase una vez un pueblo…

Pedro Socorro Santana
Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida

Con el paso del tiempo la memoria de los años transcurridos se vuelve frágil y quebradiza. No solo las personas cambian. También los pueblos mudan su apariencia. En el caso de Santa Brígida, es la historia de un pueblo que ha cambiado tanto y tan aprisa en los últimos cuarenta años, coincidiendo con el 40 aniversario de la Constitución, que todavía hoy paga las consecuencias de un tributo al desarrollo y la prosperidad. El paisaje y el paisanaje variaron; también la economía y las costumbres tradicionales que daban identidad a este pequeño pueblo de las medianías. El desarrollo  turístico que experimentó el Sur de Gran Canaria y la crisis de la agricultura tradicional desatada en los años sesenta del siglo pasado transformaron radicalmente la tradición agrícola de Santa Brígida, llamada a convertirse en la villa dormitorio de la ciudad por su cercanía. En aquel tiempo, el desarrollo de una docena de urbanizaciones residenciales propició un giro de su economía hacia el sector servicio y atrajo a una población que aspiraba a vivir en suntuosas casas y adosados alejados de la gran urbe. Entretanto, en los barrios más populares fueron propagándose las viviendas de autoconstrucción, aprovechando la especulación y la carencia de un planeamiento urbanístico adecuado, pero también de la falta de una política y disciplina urbanísticas que propiciaron verdaderos despropósitos en el tejido natural de un pueblo que surgió del bosque. La responsabilidad que en ello han tenido los sucesivos gobernantes es perfectamente evaluable.

 

El imparable proceso de urbanización ha dejado para el recuerdo la tradicional estampa de Santa Brígida como municipio de medianías de hábitat diseminado, cuando el casco antiguo, uno de los más bellos de la Isla, ocupaba un reducido espacio en el plano de la Villa. La población ha duplicado su número en las últimas décadas. Muchos desean vivir en este enclave idílico cerca de la ciudad. De los 10.5485 habitantes del año 1970 se ha pasado a 18.295 residentes de la actualidad. Cabe recordar que solo el 33,75 % de los habitantes empadronados en Santa Brígida han nacido en dicho municipio, el 59,85 % ha venido desde diferentes lugares de España y el 51,10 % de otros municipios de la provincia, principalmente de la capital grancanaria de la que procede más de la mitad de la población. Y, además, es una población mayoritariamente joven, pues solo el 17 % de la población satauteña tiene más de 65 años, dos puntos por debajo de la media española. De modo que Santa Brígida se nos presenta bastante rejuvenecida y edificada, pero también dando muestras de sus contradicciones. Todavía hoy sigue siendo uno de los principales núcleos agrícolas de la isla por su producción vitivinícola, con el célebre vino de El Monte, pero también por su producción ganadera, pues no debemos olvidar que en lo alto de El Gamonal existe desde hace 25 años una de las mayores granjas de cerdos y vacas de Gran Canaria, aunque cercada por los problemas judiciales y las denuncias vecinales, y con visos de perderse para siempre.

 

Transformación social

Sin duda, el rápido crecimiento urbano y poblacional ha actuado como un elemento crucial de transformación social. Los campesinos han perdido su papel protagonista de antaño, los ‘vecinos de toda la vida’ han ido a menos o se vieron obligados a emigrar a la Avenida de Tinamar (San Mateo) por la falta de una política de viviendas que favoreciera su permanencia, mientras que los forasteros no siempre asumen ese arraigo y orgullo de pertenencia a una nueva comunidad, y muchos viven completamente al margen de la realidad de la Villa. Quizás todo esto contribuya a nuestro desarraigo como pueblo, dando la impresión que la pervivencia de lo rural molesta a los nuevos residentes como nunca había sucedido antes. Pues en el deseo de esa soñada tranquilidad de los nuevos residentes, ya molesta el tañido de las campanas, el canto madrugador de un gallo o los ladridos de los perros. Con todo, la Villa es un pueblo fragmentado en lo político (con ocho partidos con representación en el Ayuntamiento y un gobierno de minoría), que parece seguir sufriendo ‘la maldición de don Elías’, el farmacéutico a quien arrebataron la alcaldía en las primeras elecciones democráticas de 1979, pero también es un municipio fraccionado en lo social, sin equipamientos, lugares de encuentros y la ausencia de aquella pedagogía de vida más directa que en la ciudad, por más cercana y cotidiana. En el capítulo de pérdida de elementos del patrimonio hemos de anotar al centenario Real Casino, un lugar de encuentro que facilitaba la participación del pueblo, la banda municipal de música, el cine, los comercios y negocios familiares y algunas fiestas y eventos populares: La Naval, la Bajada al Velero, la Quema de Judas, los ‘paseos’ dominicales o las verbenas del lechón. Ya la Heredad de Satautejo y La Higuera está huérfana del sonido del agua en la cantonera o, como la llamamos aquí, ‘la alcantarilla’; ni la cercana Fonda Melián da cobijo a ninguna poeta llamada Chona Madera ni se percibe el olor de los bizcochos lustrados. Sin embargo, la pérdida más señalada ha sido el perfil del antiguo campo de fútbol y el aparcamiento municipal, un espacio común con el que se identificaba la mayoría de la población y que gozaba de una sencilla vista del tránsito diario de la vida, distinto al resto urbano integrado por el casco antiguo y, por supuesto, a los nuevos espacios públicos que fueron surgiendo con los años y las necesidades: calle peatonal Tenderete (1983), mercadillo (1986), centro de salud (1993), Instituto de Los Olivos (1996), Polideportivo (2001), velatorio y campo de fútbol de Los Olivos (2009) o el edificio polifuncional de Servicios Sociales (2010).

 

Pueblo rico, servicios pobres

Desde hace una década Santa Brígida lidera el ranking de los municipios más ricos de Canarias con una renta bruta que alcanza los 35.904 euros por habitantes. Sí, es verdad, aquí viven muchos ricos, riquísimos, pero también existen 1284 parados, un total de 31 familias que atiende Cáritas Diocesana sin más ayudas oficiales que la caridad vecinal y unas infraestructuras y servicios municipales que siguen siendo pobres pese a ese aparente nivel de riqueza. Algunos servicios son inexistentes – Casa de la Cultura, recogida de animales abandonados, depósito de vehículos, grúa, auditorio o tan siquiera una oficina de turismo, en el pueblo pionero de turismo rural en Gran Canaria-, y otros son similares a los que existían en aquel pequeño pueblo rural cuando la torre de la parroquia constituía la única referencia desde cualquier horizonte. La Naturaleza sigue siendo una gran tarjeta de presentación de esta villa, pero las oportunidades siguen generándose en la ciudad. Con todo, la imagen visual del pueblo dista mucho de ser la Villa de las Flores, con una falta absoluta de jardinería creativa y unos palmerales que muestran hoy día una imagen deplorable. No podríamos imaginar esta Villa sin sus palmeras, a las que debemos el nombre (Tasaute), sobre todo ahora que las plagas, los malos vientos y la falta de cuidados se empeñan en echarlas abajo. Parques y Jardines debe ser una concejalía importante; hay que apostar por la belleza como arma de defensa de la sede de la muestra de Florabrígida que el año que viene cumplirá 44 años de su primera edición.  Resignado a su nueva función residencial, hoy es difícil en nuestra mirada encontrarla entre el bosque informe de nuevas construcciones y esa mole de cemento que comenzó a construirse en el verano de 2003 y que iba destinado a un centro comercial, con aparcamientos subterráneo, multicines y parque urbano. Para entonces, el pueblo empezaba a vivir en una irrealidad que tardó pocos años en desinflarse. Cuando la mayoría de los multicines cerraban sus puertas, por el avance de las televisiones digitales, el ayuntamiento decidió crear uno en el centro del pueblo que ninguna operadora quiso explotar con la obra en marcha. Un vestigio de la codicia y de la cultura del pelotazo urbanístico, de los deseos de desarrollo y bienestar que, envuelto desde hace una década en un laberinto burocrático y jurídico, ha causado graves perjuicios para las arcas municipales y para el desarrollo social y económico, pero sobre todo ha contagiado un desánimo generalizado en la población que no cesa por más que bajes la mirada. Ahí sigue nuestro particular muro de lamentaciones, aquel centro que vendieron como verdadero motor para la economía del Centro y que no ha beneficiado en nada a esta villa tan maltratada. Ahí sigue esa herida en el mismo corazón del pueblo, con esa vista monótona y gris que nos deja una melancolía hacia aquellos añorados años cuando el equipo de fútbol jugaba los domingos y colmaba buena parte del encanto de aquellos días de ocio y aventura. Un mamotreto, por cierto, que tuvo su antecedente en la década de los 70, cuando los políticos satauteños vivieron por primera vez el ansia de tener un gran edificio en el centro del pueblo, iluminándoseles los ojos como al Tío Gilito, pero esa es otra historia que contaremos en una próxima crónica.